EL VIRUS DE LA POR, VENTURA PONS

Musical documentado que hurga en el recuerdo que dejó el extraordinario compositor, letrista y cantante Javier Patricio "Gato" Pérez asistiendo al concierto de quince de sus canciones, interpretadas por populares voces de nuestra música actual

VENTURA PONS

2002
EL GRAN GATO
EL GRAN GATO

Musical documentado que hurga en el recuerdo que dejó el extraordinario compositor, letrista y cantante Javier Patricio "Gato" Pérez asistiendo al concierto de quince de sus canciones, interpretadas por populares voces de nuestra música actual.

Memoria (documento) y legado (obra) coexisten en la narración y sirven para la comprensión de Gato y de una época: inmigración, mestizaje cultural e idiomático, Gitanos sedentarios creadores de la rumba catalana, ansias de creación alrededor de Zeleste, esfuerzo y desgaste del artista anónimo.... un testimonio sobre la lucha y las ganas de vivir de toda una generación.

EL VIRUS DE LA POR  VENTURA PONS
EL VIRUS DE LA POR  VENTURA PONS
 
EL GRAN GATO
VO/
 
EL GRAN GATO

Sobre la película

 

Llevo muchos años, desde que debuté en el cine con mi primer largometraje, Ocaña, retrat intermitent (Ocaña, retrato intermitente), rodado precisamente hace ya veinticinco veranos, dándole vueltas a la idea de acercarme otra vez a mi gente, y a mi mismo, a través de un trabajo de base documentalista. Desde que Gato faltó, hace doce años, he estado pensando hacer algo con/sobre él. No se podía olvidar ni aparcar en vía muerta una herencia tan rica como la que nos dejaba. Me entusiasmaba pensar que mi decimoquinta realización volviera un poco a los mismos orígenes de la primera, retomando una cierta crónica de mi ciudad, a partir de los finales de los setenta, que son los años explicados en el retrato de ese insigne andaluz que nos trajo alegría y que brilló por luz propia en las Ramblas. Me interesan, curiosamente, como se desenvuelven dos personajes venidos de fuera pero que se meten dentro, que convergen, que chupan pero que aportan, que dan y que reciben.

 

Tuve la suerte, el privilegio de compartir la única película en la que Gato trabajó, ya que fue el autor en 1986 de la música de mi muy urbana La rossa del bar (La rubia del bar). Creo que el toque Gato no únicamente le sentaba maravillosamente bien sino que la potenciaba con un color musical especial y sobretodo con un calor humano muy personal, muy del gran artista que era. Recuerdo su generosidad poniendo como fondo de secuencias algunos de sus temas, sin sus maravillosas letras, sin sus poemas, pero que, musicalmente, funcionaban per se de maravilla. La prueba de fuego la pasamos en varias ciudades del Caribe, en Cartagena de Indias, en La Habana, en Santo Domingo... donde su música tenía muchos parientes competitivos, que recibieron espléndidamente sus melodías. Cuando le conté como habían sido recibidas sus melodías, puedo asegurar que Gato fue muy feliz.

 

Me he planteado El Gran Gato a partir de buscar en la memoria de los muchos que lo conocieron, compartieron y significaron algo en su vida: familia, amigos, músicos, gitanos.. para así explicar y sintetizar en un documento el recuerdo colectivo de todos ellos que brinda amplias e inagotables posibilidades donde ahondar. Esta primera parte documentalista la concibo como la memoria. Hablé previamente con todos, luego les pedí que aceptaran conversar entre ellos por grupos reducidos a partir de temas que había ordenado, pero de una forma libre, sin imposiciones. Buscaba su verdad en su espontánea memoria para que nos ayudaran a comprender el significado de Gato. Me horroriza la idea, tan habitual en el cine, del fotomatón, de la cabeza parlante. Muy al contrario, mi obsesión ha sido la de hallar en esos pequeños grupos su visión como un todo, con sus ricos y matizados pequeños detalles, pero también con sus contradicciones...

 

Para subrayar la actualidad de las composiciones de Gato y conseguir que los nuevos espectadores descubran el valor que su obra posee, he recurrido a concertar quince canciones seleccionadas entre las más de sesenta que compuso. La selección no es arbitraria (hay tanto donde escoger) y creo que el orden previsto ayudará a entender aGato. El concierto, ubicado en un revivido e imaginario Zeleste, el mítico local de los ochenta, segunda parte o más bien nudo central de la película, sirve para revivir sus canciones, las canciones que nos ha dejado para que las disfrutemos siempre. Para que volvamos a emocionarnos con ellas, para que nos conozcamos mejor y para que gocemos de la vida a través de su legado, que es como me gusta llamar a esta parte.

 

Soy consciente que el formato concierto ha sido brillantemente utilizado por muchos otros colegas que ahora me vienen a la memoria Scorsese (The last waltz), Wenders (Buenavista Social Club), Trueba (Calle 54)... Supongo que es por que, si es de verdad, funciona. Y yo creo en la verdad de los muy variados intérpretes que cantan a Gato porque él también es parte de su cultura, de su tradición, de su historia. O sea que memoria (documento) y legado (obra) coexisten en la narración, separadamente pero también enlazándose, acercándose, ya que ambas partes sirven, limpiamente, para la comprensión y el disfrute de Gato. De Gato y de sus temas, de su mundo, de la inmigración, del mestizaje cultural e idiomático, de los Gitanos sedentarios, de la rumba pero también de la gloriosa movida barcelonesa de su época, del esfuerzo y desgaste del artista anónimo... Muchas temas se han quedado en el cajón, pero creo que ha valido la pena la síntesis narrativa a la que me he obligado para contar y condensar a la vez a ese Gato que todavía se nos aparece como parte de nuestras vidas.

 

Puede que sorprenda que no haya querido recurrir a material de archivo, pero he entendido y apostado para que la verdad de mi película estuviera precisamente en su ausencia. Lo que nos queda de Gato es su memoria y su legado y en ambos apoyo el sentido de mi narración.

 

Ventura Pons

 

Sobre Gato Pérez

 

Si toda película significa explicar una historia, una buena historia, cuanto más buena mejor, con El Gran Gato me planteo, llanamente, ahondar en una parte inmediata de nuestras vidas y de nuestros tiempos recientes, para muchos terrenos olvidadizos, a los que creo oportuno mirar, volver con un poco de distancia y sin ninguna nostalgia. Un ejercicio a través del sano hurgar en el recuerdo y la herencia de uno de los músicos, Javier Patricio Pérez Álvarez “Gato Pérez” (Buenos Aires 1950 - Barcelona 1990), que, con su obra, ha marcado, evidenciado, explicado el sentir de mi generación, mi cultura, mi ciudad. Un ejercicio que parte a la vez de la necesidad de retomar el pulso urbano de unos años, los ochenta, vividos intensamente, cuando veíamos y soñábamos ser felices en un mundo que deseábamos cambiar mucho más de lo que al final resultó.

 

Hablar de Gato con su familia, sus músicos, sus amigos, reencontrar sus textos reinterpretados por grandes cantantes españoles de nuestros días nos servirá para conocerlo a él, pero también para intentar entender una parte de nosotros mismos, de nuestra historia reciente. Su inmensa libertad, su falta de pudor, su desafío con la ortodoxia cultural dominante, su amor por las raíces populares de la música, su enamoramiento de una ciudad contradictoria, su pasión vital.. conforman un recuerdo que puede parecer lejano pero que, en cuando lo analizas ves la rabiante actualidad de un concepto, de un entender la vida con sentido que universalizan al personaje. ¿Pero quién era el Gato?

 

Marcos Ordóñez define maravillosamente a Gato en su biografía como “... quien habría de ser gato Javier y ratón Pérez y Patricio rumbero y rumboso destilador de alejandrinos, reportero de cotidianas ordalías y retortero de herméticas transustanciaciones, cantor de bulliciosas esperanzas colectivas y pavorosos descalabros íntimos, aunador de síncopas del cuerpo con síncopes del alma, alquimista que con áureos metales y eléctricos destellos lograse una moneda esclava del tamaño de la luna y bajo su inventado hechizo se lanzara a un río revuelto y sin retorno guiando una balsa hecha para naufragar en los más secretos puertos, impulsada la vela por brisas caribeñas y ventiladores gitanos, alzándose sobre sus solos zapatos como pedestal con el oficioso título de Real Cronista del muy mestizo Condado de Barcelunya, siendo su perfil esencial tan noctívago e inmasible como el felino que diole su alter ego..”

 

Gato llegó desde Argentina a una ciudad, Barcelona, en unos años en que luchaba por librarse de soporíferas e interminables décadas amargas y grises de dictadura y por borrar de la memoria los muchos años de opresión que, a pesar de todo, no habían podido con sus ganas de vivir. La ciudad anhelaba encontrarse a sí misma y proyectarse al mundo, pero se hallaba tremendamente desconcertada y a la vez emocionada ante los nuevos aires de libertad. Gato se mezcló muy pronto con la gente como uno más y al poco empezó a componer sus rumbas, después de haber descubierto, cual Paulo en el camino de Damasco, el mundo de los gitanos de Gracia.

 

“Tuvo las santas narices de decir que le gustaba la rumba y de ponerse a escribir canciones inteligentes y divertidas. Lo tenía todo en contra: por un lado, la ortodoxia zelestial; por el otro, la ortodoxia rumbera. Poniéndose ambas por montera, Gato tiró por el camino de en medio y reinventó un género conocido hasta entonces por su autenticidad: así creó la falsa rumba, la rumba conceptual o la rumba literaria, como ustedes prefieran. Una rumba que funcionaba a dos niveles y que tenía varias lecturas: como música de fondo, reinventaba el sentimiento y la jarana; y escuchada atentamente, exhibía unos textos soberbios, que explicaban historias y que tenían vida propia.” (Ramón de España en El País).

 

Gato auténtico. Gato indagando en nuestras raíces que convierte en sus raíces, buscando en una cultura popular, con sabor de barrio, en un lenguaje que es tesoro antiguo... distante en el recuerdo, perdido en la memoria y que guarda un ritmo la especie que siempre es natural.... Es impresionante la capacidad de adaptación que muestra a un género ajeno, él que procedía de los felices años dorados que se vivían en Buenos Aires y que adoraba el jazz y el rock, como todo músico que se precie. Pero, Gato, libre como nadie, es capaz de saltarse las convenciones imperantes, reivindicar hacer lo que le da la gana, creando un espacio poético, único, personalísimo cuya vigencia no se ha la ha llevado ni comido el viento ni el vacío que creó su pérdida.

 

Volvamos a Ramón de España: “Ahora que tanto se lleva la autenticidad, a nivel musical y en general, apetece reivindicar a un músico que nunca fue auténtico ni maldita la falta que le hizo. Prefiero recordar a Gato Pérez como un brillante intruso en el mundo de la rumba, como un artista conceptual que se acercó a algo que le era ajeno y no paró hasta que se lo apropió. Para mucha gente, esa condición de intruso trabajaba en su contra: no era gitano, no nació en el barrio de Gracia, carecía de auténtico sabor, no sabía moverse en un escenario y sus letras eran demasiado complicadas para un género supuestamente primario. Para mí, todas esas supuestas lacras eran, por el contrario, bazas que jugaban a su favor: gracias a un extranjero rellenito y poco sabrosón, la rumba catalana se dirigió hacia lugares con los que nunca habían soñado admirables patriarcas del género como Peret o el Pescailla.”

 

A Gato no le fue fácil la vida. Quizás ahora, una década después de su muerte, sería reconocido como el poeta rey de su estilo. La evolución de la música popular que se ha producido en los últimos años le ha dado la razón en sus convicciones y apuestas, pero como todos los precursores, como todos los artistas que han ido por delante de los gustos del momento y que prescinden de los dictados de los mandamases de la moda, tuvo que pagar un precio alto por su libertad creativa. Se lo pusieron difícil, como a tantos otros artistas, y como a muchos otros grandes forzó la máquina en su empeño y el corazón le dijo basta. Demasiado pronto.

 

¿Cómo le hubiera ido a Gato? ¿Qué hubiera hecho? No lo sé. ¿Se le ha recordado? Yo creo que sí. Le recordaron Los Sencillos en una versión de «Se fuerza la máquina». Juan Perro se comió al Gato. Jarabe de Palo se comió al Perro. La Flaca nos comió la cabeza. El rock latino era el negocio de Gato. Lo que él y otros argentinos se habían inventado. La ética, el desarrollo moral de la vida de un hombre, era lo que decían las letras de Gato. Uno las oía y exclamaba: «Sí, amigos, la vida es tal como aquí se cuenta. Esto es lo que me espera. Hay que saber derrotar el dolor con el placer y el pensamiento. Hay que seguir sintiendo contra todos y contra todo. Hay que saber que uno está solo». Se murió Gato y no supe nunca más lo que me esperaba a la vuelta de la esquina.” Casavella, dixit.

 

Lleva razón Gabriel Jaraba: “La música del Gato ha mejorado nuestras vidas”. Gato: “Qué nos va a pasar ahora, qué más nos puede ocurrir en este circo caliente, que debemos compartir. Lo que va a pasar mañana, lo que puede suceder, renovar las ilusiones para no desfallecer.” Un poeta rumbero o un rumbero poeta, como le enseñaron en las cálidas noches de verano, a él, a un payo que pronto se convertiría en un hermano más, los gitanos de Gràcia en la plaza del Raspall. Justo al lado de donde hoy existe la plaza Gato Pérez. Gato soñó, evidenció y convirtió la rumba en el folklore urbano de Barcelona, la urbe mediterránea que lo había acogido. La rumba catalana, el género por excelencia del mestizaje, del cruce mendeliano entre culturas.

 

“Guerrillero de una filosofía que consistía en sembrar minas de amistad,... Quizás no hemos hecho bastante justícia al Gato, quizás no lo hemos colocado en el lugar del escalafón que merece. La ciudad del Gato es la ciudad de los perdedores, de los que nadan a contra corriente, de los que quieren una barca para naufragar, pero es, también, una Barcelona cálida, solidaria, antiautoritaria, donde los amigos “son y están, son la verdad” y donde los buenos momentos son posibles”, recuerda Pau Riba.

 

El mundo es inmenso pero la gente meridiana acaba cruzándose, como sea y donde sea.Gato hablaba, y también componía, en un catalán algo argentizado, pero auténtico. Barcelonés hasta la médula, sin embargo vivió, desde que años atrás había llegado de la lejana y desconocida Quinta Pampa, en las comarcas de la Cataluña interior, en la Plana de Vic y en el Vallès. Tenía la firme voluntad de ser afortunadísimo en el amor: según cuentan, nadie lo vio nunca sin estar enamorado, ni nunca libre de las intransferibles penas de este estado. Sus canciones contaminaron a una generación que buscaba en la felicidad en si mismos y en su libertad “El mundo es una caja de sorpresas, que se abre con total facilidad, no le tengas miedo a la locura, si te acerca a la felicidad”, y su realización en el amor a lo cercano, a los paisajes, al aire de una ciudad que “dicen que no es la que era, que se ha vuelto provinciana, que ha perdido todo el swing y habla una lengua rara. Pero no estoy de acuerdo, yo siempre la he visto igual, como una estrella lejana, que huye de la frivolidad”.

 

Quizás creó una música demasiado triste para ser bailable o demasiado bailable para ser moderna e infinidad de veces estuvo a punto de tirar la toalla y buscar un trabajo más sedentario. Pero siguió en la brecha, luchando hasta el final. Del Gato y también de nosotros mismos, tal como era, tal como éramos, va la propuesta de este trabajo.

 

Ventura Pons

 

 
EL GRAN GATO

Guión

VENTURA PONS

 

basado en la memória y las canciones de

JAVIER PATRICIO "GATO" PÉREZ ÁLVAREZ

 

Productor executivo

VENTURA PONS

 

Jefe de producción

AINTZA SERRA

 

Música

GATO PÉREZ

 

Director musical

JORDI GAS

 

Fotografia

BERNAT BOSCH

 

Muntatge

PERE ABADAL

 

Art director

BEL.LO TORRAS

 

Sonido directo

BORIS ZAPATA

 

Una producción de

ELS FILMS DE LA RAMBLA, S.A.

 

con la participación de

TELEVISIÓN ESPAÑOLA y TELEVISIÓ DE CATALUNYA

 

 
EL GRAN GATO
Con las actuaciones de (por ordren alfabético):
BENJAMÍN ESCORIZA
CLARA MONTES
KIKO VENENO
LOS CHICHOS
LOS MANOLOS
LUCRECIA
LUIS EDUARDO AUTE
MANEL JOSEPH
MARIA DEL MAR DE BONET
MARTIRIO MONCHO
OJOS DE BRUJO
SABOR DE GRÀCIA
SISA
TONINO CAROTONE
 
 
EL GRAN GATO

 

Mar del Plata y Buenos Aires (Argentina)

AC/Los Angeles y Chicago (USA)

La Habana (Cuba)

Londres (UK)

Montevideo (Uruguai)

Santo Domingo (Rep. Dominicana)

Bogotá (Colombia)

Vancouver (Canada)

Varsovia (Polonia)

Troia y Lisboa (Portugal)

Pythagorion (Grecia)

Santiago y Valdivia (Chile)

Valladolid, Elche y HuesOsca (España)

México D.F. (México)

Halifax ( Canada)

La Cinémathèque québécoise of Montreal (Canada)

 

Premios:

Mejor Música: Gato Pérez:

Premios Barcelona (Premios Directors Catalunya)

Premio Alambor (Ventura Pons)

 
EL GRAN GATO

EL GRAN GATO

 

Vint-i-cinc anys després d’aquell "Ocaña, retrat intermitent", que va fer sortir els colors a les Rambles postfranquistes, Ventura Pons ha tornat al documental. El protagonista ja no és ara aquell pintor andalús que es passejava transvestit pels carrers de Barcelona sinó un músic argentí que, al ritme de la rumba catalana, va calar fondo en una ciutat que encara no era la dels prodigis institucionalitzats pels Jocs Olímpics. Tots dos eren immigrants i Pons arrodoneix el mosaic mestís i heterodox que els seus films configuren sobre la capital catalana amb aquest retrat d’un personatge ressucitat per la força de les imatges.

 

"El gran Gato! parteix de la memòria que supleix una absència. Prescindeix voluntàriament del material d’arxiu i, en tot el film, només hi apareix una única fotografia del músic argentí. El marc no podia ser un altre que l’anagrama del Zeleste i Pons substitueix tots dos elements amb la màgia del cinema...

 

(...) Discretament amagat darrere la càmera, Ventura Pons prefereix deixar de banda la seva relació personal amb Gato Pérez- autor de "La rossa del bar"- per convertir-se en el cronista d’un personatge i de la època que va viure. Si "Ocaña, retrat intermitent" era el retrat en brut i en directe, d’una eufòria reivindicativa, "El gran Gato" té un tarannà ben diferent. Darrere l’elegància de les seves imatges, àgils, astutes i només circumstancialment adscrites a l’actual revifalla del documental, hi batega la nostàlgia d’una epòca irrecuperable. Com bona part dels darrers films de Ventura Pons, aquest també parla de la mort i allò que el cineasta català qualifica de "musical documentat" s’erigeix en un gran recital antropològic que posa en solfa l’esperit d’un temps, d’un país.

 

 

Esteve Rimbau

Avui

No lo dudo. Barcelona es una ciudad estupenda, pero en muchos aspectos dejó de serlo el día que murió Ocaña. Cuando Ventura Pons le filmó su "Retrat intermitent" no podía saberlo, pero aquel primer largometraje es ahora un testimonio parcial-aunque insustituible- de aquel fugaz momento de alegrías que también protagonizó Gato Pérez. Recuperarle ahora, a través de este testimonio de afinidades, corazonadas y música, permite cerrar el hueco que separaba el film de Ocaña de la muerte del pintor de ángeles. "El gran Gato" es también el testimonio de la perversión acelerada y la abundante mediocridad que han seguido. Con dos frases acertadas como el picotazo de una sierpe, Marcos Ordóñez lo rubrica; y Ventura Pons rehúye en el dosier de prensa toda tentación nostálgica. Entiendo que el cineasta rechace la melancolía, pero cuesta imaginar que alguna vez recuperemos tanta velocidad vital, tanta diferencia, tanta frondosidad. Y eso duele. Sería interesante conocer, sin embargo, cómo la misma ciudad responsable de aquella efervescencia, poco después se desbravó, aceptó que la desbravaran.

 

(...) Por suerte, a crónicas, grabados y fotos les ha sucedido el cine. Y Ventura Pons, una vez más, ha hecho otro fragmento del retrat intermitent de su ciudad, que es la gente de la ciudad.

Alex Gorina

GUÍA DEL OCIO

El trabajo del cineasta consiste en seleccionar, ordenar y sentir ese material y en todo ello Ventura Pons se manifiesta como un maestro, pues no sólo logra desvelarnos perfiles humanos y artísticos del músico, sino que sabe transmitirnos el aliento vital de un tiempo y una generación para la que vivir era lo importante. Uno tras otro, los intérpretes elegidos por el cineasta (Ventura Pons renuncia conscientemente a los materiales de archivo y construye la película sobre la ausencia de Gato Pérez) llenan la sala con unas canciones plenas de belleza y encanto que combinan la alegría y el vitalismo de sus músicas con la melancolía que impregna muchas de sus letras, crónicas todas ellas de un modo de entender la vida desde la amistad, la tolerancia y la ausencia de barreras en la mente, pero sobre todo con ese frenesí -ese forzar la máquina- que distingue al que es consciente de que vida no hay más que una y sólo una oportunidad para vivirla.

 

Pedro Uris

Cartelera Turia

Hace tiempo que Ventura Pons está haciendo un retrato no confesado de Barcelona a través de sus películas. A veces es muy evidente, otras está más escondido, pero en todo lo que ha rodado en los últimos diez años, la ciudad ocupa un lugar determinante. En este último trabajo de difícil clasificación (¿es un documental?, ¿es un musical?) es evidente que Barcelona es el centro espiritual, el alma máter de una biografía que es tanto la del Gato Pérez, como la de la ciudad que lo acogió y la generación de que formó parte. Pero si Barcelona está presente aunque no la veamos, el Gato lo está más aún sin necesidad de recurrir ni a fotos ni a imágenes de archivo, ni siquiera a sus discos. Tanto una como otro impregnan el film de tal manera que acabas con la sensación de conocer perfectamente al músico y su mundo sin salir prácticamente de un único local ....

Nuria Vidal

FOTOGRAMAS

A(...) Y es de las fuentes y entresijos de ese lenguaje de donde Ventura Pons arranca la materia que formaliza en "El Gran Gato", un documento delicioso y vivificador, porque la resurrección del Gato se percibe en la panalla como real, como suceso verídico, pues fueron muchos los sordos que, muerto él, dieron por temerariamente por muerta a su música. Pero esta muerte es desmentida de manera irrefutable por la cautivadora gracia y el desgarro irónico de las 15 canciones del Gato que, interpretadas por 15 colegas suyos, jalonan y vertebran las 15 secuencias por donde discurre el filme. Y éste se despliega con admirable sagacidad y un muy delicado equilibrio sobre un tempo en el que los vaivenes no son altibajos, sino suaves y elegantes escaladas hacia el desvelamiento del secreto encuentro entre unas músicas y una poesía en un paisaje urbano, el de la Barcelona en estado de mutación que envolvía el templo amable y canalla de la sala Zeleste, el que el Gato fue sacerdote.Y evocan ese tiempo, esa poesía y esa encrucijada urbana barcelonesa, además de Sisa, Kiko Veneno, Clara Montes, Manel Joseph, Moncho, Benjamín Escoriza, Los Chichos, Los Manolos, Tonino Carotone, Sabor de Gracias, Martirio y Lucrecia, que cierra la galería con ecos de pura rumba cubana, y María del Mar Bonet, que hace prodigios de voz agitanada, y Luis Eduardo Aute que derrocha sorna y viejos aires de amistad con el gato muerto.Los libérrimos y contagiosos, trepidantes y a veces canallas, escépticos e incluso pesimistas, pero siempre gozosos versos sonoros arrancados por Ventura Pons y los amigos y músicos que convoca de la filosofía de la taberna del Gato Pérez, se visten aquí con el esplendor de 15 lecturas muy variadas, cada una inimitable a su manera, lo que da a la música rescatada inesperadas sonoridades y angulaciones rítmicas, de manera que la sombra del Gato deja ver dentro de ella otros Gatos, una preciosa sucesión de las ondulaciones de la identidad de un no bien conocido, pero indispensable creador de músicas urbanas en el torbellino de la España de finales del siglo pasado, que sigue aquí, presente..

Angel Fernandez-Santos

El País

"El gran Gato" es un "biopic" disfrazado de documental, donde, rasgo singularísimo, el protagonista permanece tan invisible como Rebeca en "Rebeca". Ventura Pons ha optado por la omnipresencia del artista mediante el testimonio de amigos y familiares del desaparecido y quince de sus canciones interpretadas por otros tantos artistas, repartidas entre otros tantos artistas, repartidas entre los frondosos diálogos. El resultado, sumamente instructivo, es una inyección de vitalidad capaz de resucitar a un muerto (de hecho, ése es el felino objetivo).

 

Veamos: 1) Como documental sobre la Barcelona preolímpica y la posolímpica, la Barcelona del cambio, la asunción autosatisfecha del mestizaje y la catalanidad de la rumba; gente como Mariscal o Ramón Parellada ponen sus experiencias en dichos apartados al servicio del público. 2) Como comedia: el diálogo entre Carles Flavià y Sisa no tiene desperdicio; puede parecer frivolón, pero es significativo de un cierto talante barcelonés donde el "seny" i la "rauxa" se matrimonian y prometen fidelidad eterna. Y 3) Como musical. Ojos de Brujo, los Chichos, María del Mar Bonet, Martirio, Sisa, Sabor de Gràcia, Moncho, Luis Eduardo Aute, Benjamín Escoriza, Lucrecia, Kiko Veneno, Clara Montes, Tonino Carotone, Los Manolos y Manel Joseph nos brindan los quince homenajes gatunos desparramando poderío y felicidad.

 

En suma, una película con mucha fibra. Honesta, didáctica, salutífera, de sangre caliente. En la obra ponsiana, prolonga el acierto de su inicial "Ocaña, retrat intermitent" con un nuevo escáner de nuestra sociedad hecho a partir de otra figura emblemática que llegó a Barcelona para convulsionar, echar unas gotas de alegría y refortalecer nuestros músculos. De visión obligada para todo ciudadano culturalmente inquieto y, en lo musical, para quien estuviera esperando el perfecto antídoto contra "Operación Triunfo"

Jordi Batlle

La Vanguardia

"El Gran Gato" alcanza una hondura emocional y jocosa que, junto con las actuaciones musicales, convierte este documental en una pieza filmíca de gran envergadura.

Lluis Bonet

La Vanguardia

"Emocionante, conmovedor, gozoso, iluminador este recuerdo a Gato Pérez desde sus canciones interpretadas por una quincena de músicos y los testimonios de amigos y familiares sabiamente orquestados por Ventura Pons, con mano invisible y mirada transparente a lo largo de toda la película, un documental musical como dice el propio autor.

 

Autor, sí, porque Ventura Pons sigue manteniendo su autoría, aunque haya aparcado momentáneamente el tipo de cine por el que es conocido, y que es aquél de sus inicios cuando rodó Ocaña, Retrato intermitente, de vuelta a la calle, el lugar preferido de Gato Pérez, como el del travestí Ocaña, para vivir y crear sus canciones, grandes canciones, muchas de ellas. La autoría de Pons se ve reflejada en la de este músico que encontró, allá por los 80, en la rumba catalana, las raíces, el sentimiento, con que identificarse y expresarse vital y artísticamente.

 

Anécdotas, comentarios de familiares, amigos (Sisa, Mariscal), críticos sobre la vida de este argentino llegado a Barcelona en los 60 hasta su muerte a los 40 años, en 1990, como decía en su canción este músico para quien dormir era un deber, "se fuerza la máquina, de noche y de día". El documento resalta también su talento como compositor, su capacidad visionaria (los excesos iban más allá de castigar su cuerpo), que anticipaba fusiones latinas y señalaba cuál era la verdadera música de esta parte del planeta, esa de la que son depositarios los gitanos, el flamenco, a partir del cual todo se puede hacer y ser diferente, único, con raíces de verdad.

 

Entre testimonio y testimonio, sus canciones, "Gitanitos y morenos", con unos Chichos excelentes más latinos; los Manolos, con la conmovedora "La curva del Morrot"; Aute con "Todo sexo femenino", ideal para él: impresionante, Sisa, "Quiero ser poeta, quiero ser cometa". Todos, en definitiva, a la altura de las canciones, tan llenas de sentimiento, de Gato Pérez. Y los músicos, gitanos y payos que les acompañan.

 

Y Moncho, el gitano que canta boleros con un estilo sin igual. Y que ha estado aquí, y cuya presencia debería figurar en el libro de oro de visitantes ilustres del festival, que ayer se abrió a lo verdaderamente español, a lo auténticamente popular, a la calle, dando lecciones de lo que es la emoción, y lo artístico. Que no sea como dijo Mariscal: "Se murió el Gato, y sólo quedan los perros": !Dale al ventilador, chacho!".

Benito Carracedo

El Mundo

VAYAN, VEAN, DISFRUTEN

Realmente sensacional, "El gran gato" es un documental de Ventura Pons con las canciones y la vida del Gato Pérez.Quizás el mejor resumen inicial sólo podría adoptar la forma de una entusiasta exhortación: vayan, vean, escuchen. Y disfruten esta feliz mezcla de documental, recital y biografía en torno de Javier Patricio Pérez Álvarez (1950-1990), un porteño que se radicó en Barcelona en 1964 con su familia. Y que con los años adquiriría notoriedad como Gato Pérez, un apodo que le debió tanto a su rostro como a la existencia independiente y bohemia que supo llevar.

 

Creía que los puntales de la vida eran la atalaya (la forma de mirar y entender), los libros y la calle. Y entre muchas canciones inolvidables compuso una, Quisiera ser poeta, quisiera ser cometa. Cosas que fue en la realidad, rimando versos entradores y sentidos, y extinguiendo su brillo demasiado velozmente.

 

Ecléctico, el guionista y director Ventura Pons apela a diversos recursos para contar su historia, por ejemplo los testimonios de su madre, las hijas, la primera y segunda mujer (oficiales). Y tantos amigos, compañeros muchos de ellos en la movida durante el franquismo con la rumba como ritmo melódico esencial, apropiado para una ciudad cosmopolita. Y que reflejó en la rumba catalana a Cuba, la habanera, a los gitanos. Y por parte del Gato los ecos del tango y la milonga tanto como de la guaracha y el bolero. Escuchar aquellas creaciones de Gato Pérez es como descubrir un eslabón perdido, la explicación para tantos cantautores que vinieron después y con mucha mejor acogida económica y mediática que él. Que fue un precursor y por ello debió luchar, a menudo infructuosamente y al final con enormes déficits económicos y carencias varias, con las exigencias de discográficas adocenadas y burocráticas.

 

El hombre era, además de un sujeto encantador, un mar de contradicciones, tímido y conquistador, mujeriego y celoso, tan informal como para decirle a la esposa que volvía "en un rato" y regresar una semana después.Los gitanos lo quisieron entrañablemente, a punto tal que uno de ellos dirá que "no creo que fuese un payo (uno que no es de la raza), pa mí que era gitano".

 

Dicen que si dos catalanes están de acuerdo discuten simplemente para no demostrarlo. Esa característica ofrece varios momentos de delicioso humor con dos amigos que, acodados en un estaño, compiten con anécdotas y situaciones, algunas de ellas irrepetibles. Y claro, están las canciones, quince de ellas, a cargo de Martirio o Luis Eduardo Aute y otros menos notorios (al menos por estos pagos) como Tonino Carotone, Los Chichos, Kiko Veneno, Moncho o Lucrecia. Y títulos como el más conocido del Gato, Se fuerza la máquina, la inicial Gitanitos y morenos, la extraordinaria Ebrios de soledad y, en fin, todas y cada una. Aderezadas con el retumbar de cajas y tambores, el rasgueo de guitarras, las inevitables palmas, las voces más puras o aquellas increíbles y cascadas del flamenco...Esta es una fiesta que usted no debería omitir. Vaya. Y a gozar, a emocionarse con tanta alegría de vivir. No tema mover el esqueleto.

Anibal M. Vinelli

Clarín

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