EL VIRUS DE LA POR, VENTURA PONS

En el año setenta y tres, a finales del franquismo, Mercè Rodoreda, una de las autoras europeas más importantes del siglo veinte, coincide en Ginebra, donde vivía, con el crítico literario y editor Josep Maria Castellet y le invita a merendar en su casa.

 

Pero aquella tarde, extrañamente, se abrió y compartió muchos de ellos.

 

 

2012
UNA MERIENDA EN GINEBRA
UNA MERIENDA EN GINEBRA

En el año setenta y tres, a finales del franquismo, Mercè Rodoreda, una de las autoras europeas más importantes del siglo veinte, coincide en Ginebra, donde vivía, con el crítico literario y editor Josep Maria Castellet y le invita a merendar en su casa.

 

La famosa escritora, ciertamente un personaje recóndito, guardaba el secreto de todo lo que la concernía, se había convertido ella misma en secreto o, quizás, incluso, en productora de secretos.

 

Pero aquella tarde, extrañamente, se abrió y compartió muchos de ellos.

EL VIRUS DE LA POR  VENTURA PONS
EL VIRUS DE LA POR  VENTURA PONS
 
UNA MERIENDA EN GINEBRA
VO/
 
UNA MERIENDA EN GINEBRA
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UNA MERIENDA EN GINEBRA

 

NO HAY NADA PEOR QUE ESTAR SIN PAÍS.

 

No sé en qué momento de su vida Mercè Rodoreda lo escribió: No hay nada peor que estar sin país. Ella, una de las más grandes escritoras contemporáneas y más influyentes del siglo veinte, tal como lo atestiguan las referencias de otros autores a su obra y su impresionante repercusión internacional, con traducciones a cuarenta idiomas diferentes. Escribo porque me gusta escribir. Si no me pareciera exagerado diría que escribo para gustarme a mí misma. Si de rebote lo que escribo gusta a los demás, mejor. Quizás es más profundo. Quizás escribo para afirmarme. Para sentir que soy ... Y acabo. He hablado de mí y de cosas esenciales en mi vida, con una cierta falta de medida. Y la desmesura siempre me ha dado mucho miedo.

 

¿Quien era esta mujer que escondía tantos miedos, tantos secretos? Nos acercamos a ella sirviéndonos en todo momento de sus propias palabras constantemente repetidas a diestro y siniestro por ella misma y mediante la relación que le unió con la figura de Josep Maria Castellet y el recuerdo que este escribió de una merienda del año mil novecientos setenta y tres, en Ginebra. Aquella tarde, tras lo que el respetado crítico literario y editor describe en sus memorias como un monólogo sobre su experiencia vital, Rodoreda abrió una pequeña rendija de su universo.

 

En nuestra ficción, situamos la autora en un antiguo estudio, de cuando la televisión se hacía en blanco y negro, respondiendo con ingenio a unas imaginarias preguntas: el cuestionario Proust, originalmente publicado en La Vanguardia. La referencia estética es la Televisión Española de la época de cuando el gran Joaquín Soler Serrano le hizo una de sus magníficas entrevistas.

A continuación Castellet recuerda y nos hace viajar a la clínica Muñoz de Girona. Es en abril de 1983 y los amigos, Castellet, su mujer Isabel, Carme Arnau y Joaquim Molas se enteran por Carme Manrubia de la gravedad de la enfermedad de la Rodoreda. La autora muere al cabo de poco y todos, consternados ante la inesperada pérdida, asisten al entierro en el cementerio de Romanyà de la Selva, donde se ha congregado lo mejor de la sociedad barcelonesa.

 

El descubrimiento de la mirada de Jordi Gurguí, el hijo escondido de la autora que sufre una esquizofrenia paranoica, conmueve dolorosamente Castellet. Este hecho le lleva a rememorar el conocimiento tardío de Rodoreda, primero en Barcelona, después ya en Romanyà: Una mujer amable pero un poco seca y distante. En el trato se imponía un cierto convencionalismo que, más tarde, le vi aplicar a otra gente. No fue hasta unos años después que la traté con más asiduidad y que entendí que, en adelante, podía acudir a ella con amistad y afecto y, por decirlo de alguna manera, sin hacerle estorbo, como decía ella que le hacía la gente.

Esta amistad creció a raíz de la merienda de aquella tarde del setenta y tres, cuando se encontraron en Ginebra. Mi trabajo se concentra en la reconstrucción de este encuentro.

 

Según explica Castellet, Rodoreda durante un largo rato les recitó su monólogo habitual, una versión aprendida de memoria, sobre la infancia, la guerra, el exilio. Él la llama simplemente el monólogo, la misma narración, casi las mismas palabras, que le hemos leído y / o oido repetidas en entrevistas con Montserrat Roig, Dolors Oller, Baltasar Porcel, Mercè Vilaret, o la del propio Joaquín Soler Serrano, declaraciones calcadas unas a las otras, siempre las mismas palabras.

 

Era la versión oficial que Rodoreda repetía a todo el mundo, cerrando el paso, escondiendo su intimidad, sin dejar entrar a nadie en profundizar más en su vida. Cierto es que, posteriormente a su desaparición, por su correspondencia con Carme Arnau o con Joan Sales, su editor, sabemos muchas más cosas pero la verdad oral, de cara al exterior, era ciertamente repetitiva, monolítica. Su vida, sus emociones, sus deseos, sus amores, sus desengaños, los encontrabas en algunos de sus personajes literarios.

Sin embargo Castellet nos explica que, en esta merienda, una vez había recitado la historia oficial, Rodoreda se mostró, por primera vez, en una dimensión diferente a como la había conocido. La autora acabó confesando sus inquietudes y sus miedos sobre la creación literaria, el sentido del trabajo en una cultura perseguida y diezmada, las relaciones íntimas entre hombre y mujer, la ausencia de un país real, la sinrazón del exilio, las huellas crueles de la guerra civil ... ¿Ves estas cuatro paredes? Esto ha sido Cataluña para mí durante muchos años: Cataluña, una abstracción y una nostalgia, es decir, todo lo que se ha vivido intensamente y se acaba.

 

Las cuatro paredes que, para una de las escritoras europeas más importantes del siglo XX, significaban su minúsculo entorno del que, paradójicamente, salió una de las fabulaciones más exquisitas de las letras hispánicas. Por eso, simbólicamente como una metáfora, el nudo central lo sitúo en su apartamento de Ginebra.

 

Lo que sí puedo afirmar es que después de aquella visita me demostró una confianza y una amistad menos convencionales, y también que la sinceridad de aquella tarde me acercó a ella de una manera más profunda. Pienso que la presencia de Isabel, mi mujer, fue decisiva, porqué el tema de su relación con Obiols, no tanto lo expresado en sus palabras sino la relación profunda entre una mujer y un hombre a lo largo de muchos años, le era más fácil sacarlo ante otra mujer que con un hombre.

Esto es lo que recuerda Castellet. Me planteo, por último, un paralelismo dramático narrativo final con la forma inicial a modo de broche que cierre el sentido narrativo de la película. Este recurso me permite, vía una querida reflexión, plantear los puntos oscuros, escondidos, de la vida de esta mujer de los que nunca habló públicamente. Una mujer que dejó a su hijo en Barcelona y que siguió durante tantos años infernales de exilio a un hombre hipercrítico, Obiols, por quien tanta pasión sintió, a pesar de todas las infidelidades que tuvo que sufrir, mientras se iba convirtiendo en el autora más importante de la literatura catalana del siglo XX.

 

Pero, ¿se dejó conocer nunca, de verdad, Mercè Rodoreda? Esta propuesta intenta comprender un personaje atractivo, fascinante y muy desconocido por el público, en unos años ciertamente turbulentos de la historia contemporánea.

Una merienda en Ginebra. Una historia apasionante para los espectadores que se encontrarán con uno de los grandes mitos de la historia de nuestro país. Un tipo de indagación absolutamente contemporánea que, como en otras cinematografías tanto europeas como americanas, ha significado poner al descubierto la intimidad de la gente pública, sean reyes o reinas, presidentes o presidentas, o escritores. Hay un montón de títulos que certifican el interés del público en la intimidad de los personajes históricos. La lista es larguísima y, bien interpretada, con un reparto como el que proponemos, tiene un común denominador, el interés, el atractivo de entrar en un mundo desconocido pero que le es familiar. Centenares de miles de personas han leído la obra de Rodoreda en todo el mundo, en especial La Plaza del Diamante y muchas más habrán visto la serie que en su día hizo TVE. Con esta Una merienda en Ginebra los espectadores van a conocer una vida escondida, con las cicatrices y las heridas acumuladas en las históricas luchas europeas que tanto dolor causaron a mitades del siglo pasado.

 

Proponemos una situación que trasciende la anécdota, que nos parece universal, una metáfora de toda una sociedad nada lejana a la que hay que volver para entendernos colectivamente.

 

¿Pero, se dejó conocer, de verdad, Rodoreda? Mi propuesta intenta comprender este personaje en unos años ciertamente turbulentos de la historia contemporánea.

 
UNA MERIENDA EN GINEBRA

Una producción de

ELS FILMS DE LA RAMBLA, S.A. y TELEVISIÓ DE CATALUNYA, S.A.

 

Guión de

VENTURA PONS

 

Dirección y Producción

VENTURA PONS

 

Delegada de producción TV3

ELISA PLAZA

 

Director de Producción

JOFRE FARRÉ

 

Música

ALBERT GUINOVART

 

Fotografía

SERGI GALLARDO

 

Montaje

MARC MATONS

 

Art Director

BEL·LO TORRAS

 

Ayudante de dirección

CARLES VALERO

 

Sonido Directo

NATXO ORTÚZAR

 

Laboratorio

IMAGE FILM

 

Estudio Montaje y Sonido

INFINIA

 

Distribución Internacional

LATIDO

 
UNA MERIENDA EN GINEBRA
MERCÈ RODOREDA
VICKY PEÑA
J.M. CASTELLET
JOAN CARRERAS
ISABEL 
CRISTINA PLAZAS
OBIOLS
ÒSCAR RABADÁN
METGE
ÒSCAR INTENTEA
 
 
UNA MERIENDA EN GINEBRA

Málaga (Spain)

Bogotá (Colombia)

México D.F. (México)

Alejandría (Egipto)

Zoom Igualada

The Lexi London (UK)

Múnic (Alemania)

Belgrado (Sérbia)

 
UNA MERIENDA EN GINEBRA

Una merienda Me avanzo a la mayoría, amparada en el inesperado privilegio de una tarde en Cadaqués. Ventura Pons nos invita a un pase privado de su nueva película y el pequeño espacio que nos acoge se convierte en el escenario de insólitas emociones, que compartimos con pasión. Acaba de dirigir una película única, de las que quedan marcadas en rojo en la biografía de un director, hecha sin otra concesión que la que impone el buen hacer y un profundo sentido de la belleza. Es casi una antipelícula, porque el eje central es un largo diálogo entre tres persona que toman el té. Pero siendo pura palabra, su ritmo es vertiginoso y cautiva la atención con sorprendente magnetismo. Sólo se trata del relato cinematográfico de una merienda en Ginebra y, sin embargo, incluye un universo de recuerdos, memoria, tragedia y esperanza, la vida al completo. No exagero si digo que es una de las películas más deliciosas y emocionantes que he visto en mucho tiempo. Y aunque no está aún en cartelera (parece que la veremos en TV3, esperemos que pronto), he sentido la necesidad de empezar a hacer boca. Por supuesto hay trampa, porque la fuerza del relato no nace del azar, sino de quienes protagonizan la película, cuya profundidad intelectual traspasa la frivolidad del tiempo. Hace años Ventura leyó en Els escenaris de la memòria, de Josep Maria Castellet, un breve apunte de un día en Ginebra conversando con Mercè Rodoreda. Castellet comentaba que después del relato habitual de la guerra y del exilio, Rodoreda se había abierto más de lo previsible. Y con esa escasa información, resumida en pocas líneas, Ventura decidió bucear por todas las grandes entrevistas hechas a la escriptora, desde Montserrat Roig hasta Maria Aurèlia Capmany, pasando por Luís Permanyer o Joaquín Soler Serrano, buscando qué era ese “relato habitual de su memoria trágica”. Y palabra a palabra fue llenando ese fragmento de vida de la escritora, que Castellet había resumido brevemente. Todo lo que dice la protagonista de la película (encarnada por una Vicky Peña inmensa) lo ha expresado Rodoreda en algún momento, pero nunca nadie lo había convertido en un diálogo completo. Y es así como la pantalla se va llenando de sus amores y desengaños por Armand Obiols, sus sueños quebrados, su infancia feliz, sus días de huida por la Francia bombardeada, escondiéndose de los aviones ávidos de carne humana, su dramático exilio, su Catalunya convertida en las paredes de su casa de Ginebra, su obsesión literaria, sus idioma, la esencia misma de su ser catalán. No hay una sola palabra que sobre y no hay un solo momento que canse. Es una película redonda porque trata con maestría el intenso volcán que palpitaba en el cuerpo frágil de la gran Rodoreda. Imprescindible para entender su obra, también lo es para disfrutar de la mujer que se escondió detrás de ella. Pura literatura convertida en película pura.

PILAR RAHOLA

LA VANGUARDIA

Tot el que diu la Rodoreda és impressionant, fruit d'un treball minuciós. Un guió d'orfebreria. La Vicky, extraordinària, només veia a la Rodoreda. Fabulós! Una pel·lícula per estar-ne molt orgullós. 

JOSEP MARIA POU

La vida y nada más
 

El regreso de Ventura Pons a las salas de cine, tras su excelente tv-movie sobre Mercé Rodoreda (Un berenar a Ginebra), es doble o triple. Primero, porque ha elegido la vía del material documental, en parte como si volviera a sus tiempos de Ocaña, retrat intermitent (1977), su primer largometraje, sobre todo porque Ventura conoce muy bien a Ignasi y a su entorno. Segundo, porque logra ficcionar de tal modo —la planificación, el ritmo, pero también los aspectos increíbles de la vida del protagonista— que el espectador puede trascender lo documental y lo anecdótico en beneficio de una interpretación universal más acorde con la ficción. Ytres, porque esta magnífica película nos vuelve a colocar ante ese lado inquieto y arriesgado de Ventura que tanto ha hecho por su cine. La película fue presentada en el festival de Toronto y debería producir un orgullo a quienes tenemos algo que ver con el cine que, probablemente, irá llegando en cuanto la vayan conociendo más y más espectadores. La película, aparentemente dedicada a seguir los pasos de Ignasi, nos coloca ante una serie de realidades y sugerencias realmente apasionantes: se habla de homosexualidad, de SIDA, de familia (los padres, la esposa, los hijos), de creencias y agnosis, de arte -creación, restauración, conservación-, de discapacidades, de centros de salud y, muy especialmente, de sentimientos. Una obra realmente rica, por supuesto dada la personalidad del pro- tagonista, fundamentalmente por el trabajo y la intervención del cineasta, quien nos demuestra de manera palpable las verdades y complejidades que pueden ofrecerse al espectador partiendo del referente documental. Y, con la misma complicidad que evidencian cineasta y personajes, unas constantes dosis de humor que determinan la diversión asegurada que acompaña a toda la película, algo tremendamente palpable en muchas de las conversaciones.

LLORENS

CARTELLERA TURIA

¡Qué arte para fascinar con una mujer que habla, rie, se mueve como las olas sin salir de una habitación. ¡Qué ritmo, qué embestidas orales, cortadas por un chorro de risa, la mirada de sus ojos a veces las de un toro y otras la de una paloma herida. Una obra maestra de lucidez, belleza y humanismo.

Antonia Rodrigo

¡Q Un trabajo de gran valía, austero, directo y solo aparentemente sencillo, que cuenta con una actuación magistral de Vicky Peña.

Fernando Lara

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